La Decena Trágica en México o Revolución Felicista es una película que se consideraba perdida. Fue uno de los cinco documentales que se filmaron sobre ese infausto hecho histórico, acaecido del 9 al 18 de febrero de 1913, cuando una insurrección militar en la ciudad de México, encabezada por Félix Díaz y otros golpistas, derrocó al gobierno constitucional de Francisco I. Madero.
Hasta 1985 sólo se conocían fragmentos de esos documentales filmados en la primera época del llamado cine mudo mexicano (1897-1930). Rescatar y restaurar La Decena Trágica en México ha permitido conservar ese testimonio histórico que sobrevive, aunque incompleto, en su forma más amplia, con los intertítulos o letreros originales que lo integran y anteceden a las imágenes, para describirlas, en la película.
Tomando en cuenta que el cine mexicano de esa época desapareció en más de un 90 por ciento por diversos factores, entre ellos porque en esos años no había cinetecas ni se consideraba que las películas tuvieran un valor para la posteridad, la preservación de esta película es relevante para la conservación de nuestro patrimonio cultural de imágenes en movimiento, y puede contarse entre los escasos documentales antiguos rescatados en nuestro país.
RESCATE DE LA DECENA TRÁGICA EN MÉXICO
Fernando del Moral

La Decena Trágica en México muestra 15 de las 27 secuencias, o su equivalente, anunciadas en el programa de su exhibición el 2 de marzo de 1913 en el Teatro Zaragoza de la ciudad de México. En el documental se observa el daño causado a monumentos, edificios públicos y residencias particulares de la capital de la república, cuando la guerra se hizo presente y en su actual Centro Histórico sufrió su único bombardeo en el siglo XX, durante esos terribles días en que sus habitantes estuvieron atrapados entre dos fuegos, el de las fuerzas del gobierno y el de los sublevados, que tuvo como consecuencia numerosas víctimas, sobre todo civiles.
En las imágenes de la película impresiona el grado de expectación e incertidumbre reflejado en los rostros de la gente, en imágenes directas que fotógrafos y camarógrafos captaron en esos difíciles momentos, y que han revivido para mirarnos, luego de permanecer durante décadas en la oscuridad de una lata, salvadas de la muerte química que amenaza a todas las películas antiguas, cuando no hay iniciativas para preservarlas como parte de nuestra historia.

El escape del coronel (The Colonel’s Escape):
Un ejemplo narrativo del cine de los primeros tiempos
como documento histórico.
Fernando del Moral
Entre las películas sobrevivientes de la primera época del cine, de la producción cinematográfica en Estados Unidos, El escape del coronel, filmada en California en 1912, es una película que tiene un interés binacional por su relación en general con la Revolución Mexicana y por su relación local con Baja California, debido a los acontecimientos militares que ahí ocurrieron en 1911 en Tijuana, por una acción revolucionaria emprendida por seguidores del Partido Liberal Mexicano en contra de la dictadura de Porfirio Díaz en México, desde un punto de vista histórico.
Paralelamente, desde la perspectiva de la evolución del lenguaje cinematográfico hace un siglo, la película configura una narrativa propia de la producción fílmica existente en ese tiempo, o sea el de las películas de un rollo que imperaba en el mercado de la exhibición norteamericana, con un rápido proceso de explotación comercial que demandaba continuamente ese tipo de cine, cuyo precio de entrada era de un nickel, hasta antes de 1914, año del estreno de El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation) de David W. Griffith, que cambió desde entonces las reglas del mercado, con un formato de película de largometraje y su proyección a un mayor costo.
Lo singular de El escape del coronel es que su actor principal es Carl Ap Rhys Pryce, un mercenario de origen anglo que se involucró en la acción armada revolucionaria que culminó con la toma de Tijuana el 9 de mayo de 1911, pero al no obtener la ganancia que él esperaba en esa acción, Pryce tomó la iniciativa de vender su reciente experiencia del episodio armado a la compañía productora californiana Kalem Films, con un argumento hecho a su medida, pues en la película es el protagonista líder que impulsa a los Mexican insurrectos a luchar por su libertad.
Esta película de ficción, en el aspecto narrativo, es elemental, con su planteamiento inicial de un conflicto individual que se extiende a un aspecto colectivo, desde que un hombre prisionero que representa a la autoridad es liberado y luego ayuda a escapar de sus perseguidores al hombre que lo puso en libertad, y por ello es condenado a muerte pero, en el último momento, es rescatado nuevamente por aquél, al atacar a la fuerza enemiga como líder de un grupo armado.
Esto se cuenta con los intertítulos necesarios que, en la narrativa del cine silente, anunciaban durante la proyección de la película, previamente, lo que el público iba a ver, insertando estos textos inmediatamente antes de las imágenes que seguían, pero los espectadores que no sabían leer debían conformarse con el discurso fílmico articulado que las imágenes en su secuencia les ofrecían.
El escape del coronel, como documento histórico, contiene las únicas imágenes en movimiento de un protagonista de los acontecimientos de 1911 en Baja California, de los que sólo quedan unas cuantas fotos.
¿Y cómo nos enteramos de que existía ésta película?
En principio en el papel, en este caso primero a través de la filmografía establecida por Emilio García Riera en su libro temático México visto por el cine extranjero, donde es una entre muchas películas de un rollo de la primera época del cine, pero más precisamente posterior a la película de Porter El gran robo del tren, a principios del siglo XX, que tiene históricamente la fama de haber iniciado las convenciones del género del western, o películas del Oeste, según el nuevo mapa norteamericano de los Estados Unidos derivado de la invasión a México en 1847.
Luego, en 1994, supe ya específicamente de la película porque conocí al especialista Herbert Reynolds en una reunión auspiciada en Manhattan por la Universidad de Nueva York y DOMITOR, la asociación para el estudio y la investigación del cine de los primeros tiempos. Reynolds, al saber que yo era de México me preguntó si sabía de un personaje llamado Rhys Pryce y su involucramiento en la Revolución Mexicana, por quien tenía la referencia de que “el gobierno mexicano ofrecía 25 mil dólares por su cabeza” y aparecía en una película, cuya ubicación ya la tenía Reynolds.
Le envié la información sobre Rhys Pryce que encontré primero en el libro La gran aventura en México del investigador Taylor, a quien conocí en El Colegio de la Frontera Norte en Tijuana. Años después pude saber más del personaje y su contexto gracias a los trabajos que ha publicado Marco Antonio Samaniego sobre los acontecimientos revolucionarios en Baja California en 1911.
En reciprocidad, Herbert Reynolds, quien es un especialista en la antigua compañía productora norteamericana Kalem Films, me dio la ubicación de la película financiada por esa empresa, El escape del coronel, que está en el Nederlands Filmmuseum o Museo del Cine de los Países Bajos, en Ámsterdam, y que sepamos, se trata de la única copia sobreviviente de esa película que existe en su formato original. Como recordamos, la mayor parte de las películas de la primera época del cine, hasta antes de la llegada de la tecnología del cine sonoro en 1927, se ha perdido… aunque a veces nos enteramos de que alguna película de esa época se ha encontrado en algún lugar del mundo, si no es que a veces uno mismo la ha descubierto, como me ha ocurrido a mí.
Pero ésta es otra historia.
Gracias a los buenos oficios de Berna Ligthart, nuestra representante extraordinaria y plenipotenciaria para asuntos cinematográficos, similares y conexos en Ámsterdam, las gestiones para traer una copia de El escape del coronel a México tuvieron éxito, y ya para que esta película esté disponible acá de este lado, donde empieza la Patria, hemos contado con la colaboración de José Lobo y la Cinemateca de las Californias. Como recordarán, esta Cinemateca hizo su primera presentación pública aquí en 2010, en un coloquio auspiciado por el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California, Campus Tijuana, con el programa precisamente titulado “Rescatando a Tijuana en el cine”, del cual forma parte primigenia El escape del coronel. Así es como esta película ha llegado entre nosotros, como una significativa recuperación para entender y comprender mejor la historia californiana.
Ahora bien, ¿por qué nos ha interesado la película a partir de considerarla un ejemplo narrativo del cine de los primeros tiempos como documento histórico?
Como dicen que dijo Jack el Destripador o Jack The Ripper: vamos por partes. De entrada, vale tomar en cuenta que hasta no hace mucho las películas denominadas como “mudas” –y pongo esta palabra entre comillas- son películas que a través de su análisis tienen mucho qué decir, nos hablan literal y simbólicamente con un lenguaje cuya codificación, ya para los años veinte del siglo XX, había evolucionado hacia su madurez como expresión estética, pero esa evolución fue producto, a su vez, de una suma de avances que se multiplicaron particularmente en las películas de género, las cómicas, dramáticas y también documentales. Pero lo que ocurría es que, a partir de la brecha entre el cine “mudo” y el sonoro, pero también a la desaparición y destrucción, por diversas causas, de un gran número de las más antiguas películas, así como a la muy escasa accesibilidad a esas películas en no pocos archivos fílmicos todavía hasta fines del siglo pasado, el análisis de ese tipo de cine se había visto muy limitado.
No perdamos de vista que la materia prima para el análisis cinematográfico son las películas, y no es lo mismo partir para ese análisis de lo que se ha publicado sobre ellas que ir a verlas proyectadas sobre una pantalla, aunque sea en un soporte distinto al de una exhibición en su formato original. Porque a diferencia de quienes, principalmente en Europa, pueden acceder a un tipo de proyección impecable con una copia restaurada y musicalizada en vivo con la partitura que fue compuesta especialmente para ser interpretada con la proyección cinematográfica, yo creo que, en resumidas cuentas, no hay peor copia que la que no hay, porque entonces no podríamos verla ni apreciarla a través de sus imágenes, que generalmente nos presentan la huella del tiempo. No está por demás puntualizar esto porque para nosotros, la copia de El escape del coronel, nos dice mucho con sus imágenes así como están. Veamos por qué.
En un primer acercamiento, la película se encuentra con sus intertítulos completos, lo cual nos permite tener una visión integral de texto e imágenes, y por supuesto que tomo en cuenta lo que analistas con espíritu de garganta profunda, -pero no el que literalmente hizo notoria la película homónima-, me dirán doctamente: que el texto en sí mismo, crea imágenes derivadas de él y se entrelazan en una relación simbiótica con las imágenes no textuales, las que a su vez cabría apreciar intertextualmente porque de otra forma no llegaríamos a sus raíces o frondosas ramas, si nos ponemos analógicos, semióticos o como creamos más conveniente lanzarnos al abordaje analítico.
Sólo que los intertítulos en la copia sobreviviente de El escape del coronel, están escritos en idioma neerlandés, porque la película llegó a Holanda para quedarse ahí, luego de que debido a la explotación cinematográfica de que fue objeto viajó hace un siglo de Estados Unidos a Europa, donde Kalem Films tenía relaciones de negocios.
Así pues, como primer paso para saber lo que dicen los mentados intertítulos se imponía traducirlos y, para ello, afortunadamente ahí estaba nuestra amiga Berna Ligthart –holandesa de origen y mexicana muy ambientada- que nos prestó un rato su conocimiento de la lengua y tradujo los intertítulos al español, para nuestra mejor comprensión del rollo.
Y no por casualidad el primer intertítulo refiere lo que Herbert Reynolds preguntaba sobre los 25 mil dólares que ofrecían por Rhys Pryce, y que no es sino parte de la ficción de la película pues, que se sepa, no hubo tal ofrecimiento por ese mercenario.
Los intertítulos siguen una progresión de las acciones que en una apretada sucesión de las imágenes que narra la película son los de acciones propias de una aventura con trasfondo militar, donde precisamente la película no cala mayormente porque no es tampoco su intención, ya que ese trasfondo es precisamente eso, una especie de telón pintado con unos insurrectos que aparecen caracterizados como supuestos mexicanos, de los que no sabemos por qué luchan ni por qué están ahí, excepto para justificar el ir y venir de Rhys Pryce como el protagonista principal de la película.
Eso es lo que cuenta, o el argumento que presumiblemente Kalem Films le compró, porque se refleja en la pantalla: el de un personaje anglo que por el sólo hecho de serlo ya está listo para intervenir como eje de un conficto armado para redimir a aquellos como él crea conveniente y según sus intereses. Cualquier semejanza de aquella época con las políticas intervencionistas del ejército de una potencia en expansión, ya sea en otros países al sur del río Bravo y en otros espacios geopolíticos, por supuesto que no es mera coincidencia.
Total que Rhys Pryce en este nombre llevaba el precio, como el mercenario que era, y es de suponerse que Kalem Films se lo pagó por su chamba en El escape del coronel. Obviamente, especulamos en cuanto a la relación de él con la compañía productora, en tanto que no sabemos los términos del contrato entre las partes, ni conocemos el texto del argumento original, en caso de que lo hubiera.
Por eso lo único que habla de la película es la película misma, en una narrativa elemental cuya trama inicia con un conflicto, que se extiende y va creando sus puntos de toque hasta llegar a un clímax y su resolución.
Analizándola como documento histórico, El escape del coronel funciona como el suplemento de una filmación documental inexistente, ya que no hay ninguna referencia de que de los acontecimientos revolucionarios en la Baja California de 1911 hubiera quedado algo impreso en película de celuloide. Ello permitirá una segunda lectura de ella como una especie de reconstrucción histórica –muy acotada sobre algunas escenas-, con la debida explicación o contextualización respecto de los hechos sucedidos, como muy probablemente se haga en el documental que a propósito de esos acontecimientos ha emprendido Carlos Altamirano en Bandera roja, actualmente en producción.
Recordemos que el uso de imágenes de una película de ficción en documentales fue analizada en el actualmente poco conocido libro de Jay Leyda, Films Beget Films, publicado hace casi medio siglo, y que posteriormente no pocos cineastas han aprovechado ese recurso para la construcción de discursos narrativos históricos como en los casos de Pastor Vega en Cuba con Viva la república o Glauber Rocha con Historia de Brasil, por mencionar dos ejemplos derivados en los años setenta del siglo anterior.
El escape del coronel se vuelve un caso atípico en tanto un protagonista histórico de la toma de Tijuana en 1911 se vuelve un protagonista de ficción, envolviendo en ella como trasfondo simbólico en un solo rollo una aventura inventada sobre los hechos de armas que tuvieron lugar en la ciudad y se extendieron en el resto de las poblaciones fronterizas bajacalifornianas. Luego de eso, Rhys Price, como personaje real desaparecerá más allá de cuando se termina de contar la película, pues no se sabrá más de él tras la Primera Guerra Mundial, que tuvo lugar entre 1914 y 1918. Su paso por el cine y la historia termina, para decirlo cinematográficamente, en un fade out.
Como sabemos, han quedado pocas imágenes de los acontecimientos en la Baja California de 1911. Son escasas fotos más o menos conocidas, pero no tanto como sería deseable fuera del entorno local. Han servido y siguen sirviendo para apreciar un momento histórico regional que no ha estado exento de controversia, aunque a cien años de lo ocurrido el análisis histórico nos ha dado ya muchas luces para entender lo que pasó. El escape del coronel llega a su cita pendiente de un siglo en nuestros días, cuando las circunstancias han propiciado su aparición, y consideramos a estas circunstancias afortunadas porque nos permiten recuperar una parte de la historia en el cine, también parte de nuestro patrimonio cultural tangible, gracias a las iniciativas que desde las asociaciones civiles es posible impulsar para llegar a donde están los objetivos que nos interesa alcanzar, para compartirlos entre todos los que pueden apreciarlos.